Chile en la actualidad: perspectiva para un nuevo pacto social

Muy buenos días a todos y todas las presentes. Lo primero que quiero es agradecerles vuestra invitación para compartir algunas reflexiones sobre la compleja situación en la que actualmente nos encontramos en Chile.

Lo segundo es plantearles desde donde voy a reflexionar. Soy educador y me desempeño como académico de la Universidad de Valparaíso. Pero no es desde la academia desde la que expresaré lo que continuación compartiré. Sino que lo haré desde mi posición de ciudadano que lleva trece días movilizados, en las calles, conviviendo junto a otros chilenos y chilenas y viviendo los acontecimientos actuales. Entiendo y comparto la imposibilidad de separar ambos mundos, el académico y el de la calle. Pero pongo el énfasis en hablar desde la calle porque una de las consecuencias propias del Chile de los últimos 30 años ha sido la separación, casi total, de esos dos mundos: el de las universidades y el mundo de la vida, de la gente.

Lo primero importante de relevar, a mí entender, es que las grandes movilizaciones que se están produciendo en Chile no se están dando sólo en las grandes ciudades como Santiago, Valparaíso y Concepción. Vivo en una ciudad llamada Villa Alemana (120.000 habitantes aproximadamente) y actualmente me encuentro, hoy día y en estos momentos, en una zona rural llamada Combarbalá (5000 habitantes). Y ambas zonas están en la calle, diariamente, movilizadas. Prácticamente todo el país está en la calle haciendo y construyendo un proyecto ciudadano que no tiene una cabeza clara que lidera pero que tiene una dirección convincente: transformar el modelo político económico y social que había capturado nuestra subjetividad y que había y ha hecho de nosotros puros zombis, máquinas de trabajo dirigidas a la salvación personal. Zombis que vivimos siempre intentando generar recursos para poder pagar lo que sabemos son derechos sociales: educación, salud, vivienda, jubilación, transporte… Si quieres ser atendido en el sistema de salud hay que pagar, si quieres estudiar hay que pagar, si quieres trasladarte de un lugar a otro en la ciudad, hay que pagar. Todo se paga. Y si eso es así, todo se vende. Nuestras vidas estaban y están puesta en el mercado y reguladas por este. Por eso, al llegar a la tercera edad y bajar nuestra capacidad productiva la vida desaparece, ya no hay posibilidad de generar riqueza y te conviertes, así, en alguien que ya no existe. En Chile, la jubilación es un verdadero drama para la población de adultos mayores.

El Chile que vivíamos hasta el 18 de octubre era un Chile en donde el individualismo, la competición, el desencanto, la falta de utopías, la pasividad y una supuesta meritocracia dirigía nuestras vidas. Una forma de ser y estar en el mundo que había hecho desaparecer un tejido social desde donde resistir el perverso neoliberalismo instaurado a sangre por la dictadura de Pinochet y desde donde construir una sociedad más justa. No quiero cansaros con datos, pues todos los pueden encontrar en la literatura existente, pero sólo una situación a modo de ejemplo. Me refiero al drástico aumento de las tasas de suicidio adolescentes y de adultos mayores.  En Chile, cada año aumenta la cantidad de muertes por suicidio, y ese aumento anual es superior al de casi todos los países del mundo. Podríamos decir que un país que suicida es un país sin esperanza.

Pero de manera sorpresiva. Y lo planteo así, de manera sorpresiva, porque aunque ahora muchos académicos y académicas plantean que esto era algo que se veía venir, yo quiero enfatizar mi sorpresa ante un pueblo que yo caracterizadaba como sumiso y temoroso, y que hoy día, de manera sorprendente, está en la calle. Y lo primero que uno puede vivenciar en la calle es esa esperanza. La esperanza por la posibilidad de que otro Chile es posible. Una esperanza que se expresa en una fiesta popular llena de expresiones artísticas y gritos que claman por mayor justicia para todos y todas y desde uno escucha ¡¡¡BASTA YA!!! Ya basta del saqueo que el Estado ha ejercido contra nosotros en los últimos 30 años.

Una esperanza que nos ha permitido el encuentro con el otro, el abrazo y hacer del grito una común- unidad entre la ciudadanía. Esto me ha hecho pensar que, finalmente, esa comunidad no es sólo una convicción política y una perspectiva epistemológica desde la que construir procesos sociales, sino que es una necesidad ontológica. Es esa la manera que tengo para explicar, y explicarme, que, a pesar del individualismo, la negación de la diferencia, los abusos y esa subjetividad totalmente capturada por este neoliberalismo perverso, se haya provocado que la gente salga a la calle. Necesitamos ser… NECESITAMOS SER… y eso lo hemos encontrado en la calle, en la mirada cómplice del otro y en la común-unidad: la de un sueño compartido.
Ahora bien, no todo lo que uno observa en la calle es esperanza. También uno puede visualizar miedo. El miedo a una violencia de estado que ha sido ejercida por militares y carabineros en estos 13 días.

Pero paradójicamente, ese miedo a la violencia de estado no es un miedo que paraliza, porque es un miedo que ya existía. Ya existía un miedo a las condiciones de vida presentes en el país. No es sólo el miedo a la violencia ejercida por carabineros y militares sino un miedo a perpetuar las mismas condiciones de vida generadas por políticas que subsumían y nos subsumen a los chilenos en una lógica de superviviencia. La pregunta por cómo queremos sobrevivir, pregunta que es la que actualmente acompaña nuestra cotidianeidad, está dando paso a la pregunta por el cómo queremos vivir. Y esto es muy interesante, porque una nueva pregunta abre nuevas posibilidades.

Este miedo no paraliza porque vive, recuerdo aquí a Spinoza, en paradójica relación con esa esperanza que mencionaba anteriormente.

Por último, el tercer elemento que uno vive en las calles, es la pena. La pena por las muertes y por la tortura que han hecho revivir momentos y experiencias muy trágicas.

A esta situación que uno puede vivir en las calles hay que sumarle el torpe, e inepto diría yo, trabajo que ha hecho el gobierno para intentar calmar a la ciudanía. Siempre ha llegado tarde y siempre ha tomado medidas desde las que engañar, nuevamente, a la ciudadanía. Militarizó la ciudad, ha propuesto una agenda social que no toca, ni un ápice, la lógica de este Chile capturado por el mercado. Ha cambiado el gabinete y lo ha hecho tarde y mal. Además, son escasas las ocasiones en las que el presidente, en un país presidencialista como Chile, se ha dirigido a la opinión pública. Y cuando lo ha hecho, lo ha hecho tarde y mal. Nos dijo que estábamos en guerra contra un enemigo poderoso. Después pidió perdón. Y ahora estamos esperando que además de la agenda social pueda realizar otros anuncios, pero nada de nada. Actualmente, el presidente sólo tiene un 14% de aprobación de la población, el dato más bajo desde el regreso a la democracia. Mientras tanto, y después de 13 días, las personas seguimos en las calles, soñando con que nuestra esperanza pueda convertirse en algo concreto.

También es cierto que ha habido violencia en las calles, producida por ciudadanos chilenos. Se han producido saqueos, incendios, actos estos cometidos por parte de una minoría de la población. Violencia que nadie queremos y que en lo personal no justifico, pero que ha sido llevada a cabo principalmente por jóvenes. Jóvenes que, no olvidemos, son sujetos educados y socializados en este mismo sistema. Con esto no quiero victimizar a esos jóvenes, sólo intento dar y darme una explicación a dicha violencia. Y una explicación que me conduce, como educador, a repensar el sistema educativo en su totalidad, desde los jardines infatiles a las universidades. Tomo las palabras de un actor chileno, Héctor Morales, quien participando en una de las movilizaciones observó a un joven que estaba realizando destrozos en el espacio público. Intento reproducir su conversación:

“Ayer me acerqué y conversé con 4 cabros que estaban rompiendo una letrero publicitario de un paradero de buses. No habían participado de saqueos pero si de destrucción de letreros y basureros. Uno de ellos no llegaba a su casa desde hacía una semana porque porque su mama lo había echado a la calle después de ser despedido del negocio donde trabajaba como empaquetador porque su jefe no quería que nadie fuera a las marchas y lo echo. Los 4 se hicieron amigos en la calle. Encontraron, en las marchas, gente que les da agua y comida. Y ellos pueden pedir plata. Cito a uno, dice el actor Héctor Morales reproduciendo la voz de uno de esos jóvenes.“No quiero que se acaben  las marchas porque en ellas uno se siente acompañdo, uno siente que por primera vez las otras personas sienten esta rabia que yo siento todos los días”. El menor, de 12 años, agregó “Cuando se van todos a sus casas, nos quedamos aquí solos… Y nos ponemos a destruir cosas, cosas que no son de nosotros, que nunca han sido de nosotros. Porque nosotros, no somos parte del país. Nosotros somos del sename (Servicio Nacional del Menor) y ese es otro país. Vamos a seguir aquí hasta que se acaben las marchas o los pacos (los carabineros) nos maten.

Es esta última, una violencia que se ha convertido en el discurso casi exclusivo de los medios de comunicación, todos capturados también por este capitalismo tardío, y que también ha intentado y sigue intentando estigmatizar la protesta social. Unos medios de comunicación co-responsables de lo ocurrido y que poco o nada están aportando a una nueva direccionalidad que esta protesta social pueda tomar.

Estos elementos, llevados al ámbito de las instituciones universitarias, no llevaría a una primera afirmación. Las universidades, como institucionales sociales y educativa, reproducen los elementos ya mencionados: esperanza, miedo y pena.

Mi visión al respecto es que, hasta el momento, las Universidades están desarrollando un papel relevante en cuanto a contención de la ciudadanía. Se han organizado, por ejemplo, desde mi universidad, colectivo de médicos y abogados que están trabajando colaborativamente para contener y ofrecer asesoría legal y de salud a las personas que ha sido violentadas, maltratadas y torturadas. Igualmente, las universidades están muy comprometidas con la integridad de las personas que forman parte de ellas. Y las universidades se ha llenado de declaraciones públicas que denuncian lo ocurrido.

Lo que ya no veo con tanta claridad es que las universidades sean conscientes de lo que esto significa para ellas en tanto instituciones educativas desde las que construir ciudadanía. Ahora se abren nuevas posibilidades para hacer de las universidades instituciones que verdaderamente trabajen en conjunto con la ciudadanía, que entendamos que el conocimiento va más allá de la ciencia como único paradigma del saber y que la democratización no es sólo un proceso y una experiencia que emerge fuera de ella, sino que debe encarnarse en la propia vida universitaria. Además de volver a ser, verdaderos espacios y tiempos de resistencia y de propuestas para la construcción de otra nueva sociedad.

Justamente el día de ayer se nos informó que la Universidad se convertirá en un espacio para la convocatoria de cabildos ciudadanos desde los que sistematizar, construir y realizar propuestas para un Chile otro. Eso se irá dando en las próximas semanas.

Pero es importante mencionar que esa no era la lógica de las universidades hasta antes del 18 de octubre. En los últimos años, la universidad chilena también ha sido captura por el mercado y ha estado centrada casi exclusivamente en dos ámbitos: el desarrollo de ese famoso modelo por competencias que nos ha conducido a tener que evidenciar todo lo que hacemos y decidimos y una obsesión casi única por la producción de un conocimiento científico que pudiera ser publicado en las llamadas revistas de impacto. Eso nos ha conducido y nos tiene en una institución universitaria muy competitiva, más preocupada de su propio desarrollo que de la construcción de la justicia social. Por eso pienso que en buenahora esto puede significar, quizás, un momento para repensarnos como institución educativa.

En este contexto me hace mucho sentido lo que en algún momento dijo Boaventura de Sousa Santos en relación a las instituciones universitarias. En las instituciones de educacion superior construimos discursos revolucionarios en instituciones reaccionarias. Quizás sea el momento de mirarnos, repensarnos y reconstruirnos como instituciones al servicio de un pueblo que necesita y requiere de espacios y tiempos de diálogo para la construcción de un Chile otro.

En relación a las proyecciones que yo visualizo a la salida de esta situación, sería excesivamente arrogante pensar que puedo dar una respuesta certera a esta situación. Así que me limitaré a una serie de reflexiones que dan cuenta de cómo visualizo posibles salidas.

Es paradójico que un gobierno de derecha que ganó, de manera amplia, las últimas elecciones (aunque con un porcentaje de participación muy menor) hoy se esté viendo obligado a instalar políticas de izquierda. Y es aquí otras de las complejidades del proceso. Se le está pididiendo a la derecha que reconstruya y transforme un modelo que fue creado por ellos mismos durante la dictadura militar y del que está plenamente convencido y orgulloso.

No veo otra salida que no sea la construccion de un nuevo marco regulatorio, otra constitución, desde la que crear unas nuevas reglas que posibiliten la construcción de ese otro Chile. Y lógicamente, dicho nuevo marco regulatorio no puede ser creado sin la participación de la ciudadanía. Actualmente, ya se está trabajando a través de cabildos autoconvocados y autooriganizados por la propia ciudadanía desde los que se ha comenzado a dialogar para la construcción de propuestas desde la que visibilizar una dirección política a todo este movimiento porque como les decía, el mismo ha estado exento de banderas políticas que puedan capitalizar todo lo que esto está significando.

Creo que a través de una asamblea constiuyente podríamos comenzar a co-construir un nuevo escenario. De lo contrario, los escenarios que se pueden avecinar no se visualizan como fructíferos. Podría calmarse toda esta situación pero sino se genera un verdadero proceso participativo esto podría volver a estallar en cualquier momento. ¿Será esto lo que desea el gobierno actual?
Y ojalá este proceso viniera acompañado de una llamada a elecciones anticipadas, dada la poca legitimidad que tiene el presidente para seguir con este proceso. De lo contrario todo se visualiza como excesivamente complejo.

Pero es aquí donde yo observo la mayor complejidad del proceso. ¿Cómo desde subjetividades capturadas por el mercado y centradas en un individualismo exarcebado podemos adentrarnos en un proyecto político construido desde la común-unidad? Es una pregunta para la que no tengo respuesta pero que no nos puede paralizar en esta posibilidad de constituirnos como pueblo que tiene poder y desde el que dirigir la vida en comunidad de un Chile distinto.

Este nuevo proyecto de constitución tiene que estar centrado, a mi entender, en cuatro aspectos centrales:
  1. Alejarnos de esa concepción del poder entendido como dominación. Y dar pasos hacia una noción del poder, como lo plantea el mismo Enrique Dussel, que nos haga entenderlo como posibilidad de reafirmación de la vida. Un poder que recaiga en el pueblo y no en aquellos que se asumen como los garantes de la vida de los otros.
  2. La confianza como eje central de una nueva forma de hacer política y desde la que construir y reconstruir el tejido social. Ello para hacer de nosotros, los chilenos, no zombis sino verdaderos ciudadanos
  3. Una común-unidad construida desde la participación de todas las diversidades presentes en el país
  4. Y, desde mi mirada educativa, no puedo dejar de pensar en que este nuevo Chile no puede reconstruirse sólo desde la mirada adulta sino que tiene que incluir a la infancia y la juventud. La construcción de esta nueva constitución requiere de las voces de todos y todas, y aquí incluyo las voces infantiles que tan olvidadas, negadas y violentadas han estado por el Estado Chileno.
Esto no es sólo importante, sino que además creo que es la manera en que la situación no sea capitaliza por la extrema derecha que ya está presente en el país desde las últimas elecciones en las que obtuvo el 8% de los votos.

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